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El día después al cierre de los ingenios

“Hemos vivido los primeros días una tristeza terrible. Ha cerrado el ingenio y ya no había más médicos ni enfermeros. Aquí la gente se apago” cuenta con nostalgia Néstor Sing, ex obrero del Baviera.
El pasado 22 de agosto se cumplieron 56 años del cierre de los ingenios azucareros tucumanos por órdenes de Ongania. La fecha, que marca un hito histórico en la provincia, pasó desapercibida para la mayoría de los tucumanos pero no fue así para aquellos que peinan canas, y crecieron en pueblos netamente azucareros.


El decreto que marcó el fin de una época sería firmado un 22 de agosto de 1966, condenando a Nueva Baviera, Bella Vista, Los Ralos, Esperanza, Amalia, Marapa, La Florida, Lastenia, La Trinidad y San Antonio a cerrar puertas en muchos casos de manera definitiva como sucedió con Nueva Baviera.
El ingenio famaillense funcionó como tal desde 1881 hasta 1966. Durante 85 años dio vida a la comunidad que se asentó a sus márgenes, convirtiéndose en una de las principales industrias tucumanas que dinamizaban la economía local. Pese a los rumores, la última zafra en Baviera se vivió con normalidad “Ha venido y cerró todos los ingenios. Aquí se ha producido, la última zafra, un millón de bolsas de azúcar. Se ha terminado la molienda en la zafra, y han cerrado las puertas. Nadie sabía nada, quedó toda la gente sin trabajo. Algunos se fueron a Buenos Aires y ha quedado vacío. Después lo desmantelaron al ingenio” expresó Nestor Singh.

“En Nueva Baviera a través de un engaño se sacó toda la maquinaria, en Amalia se llevaron los trabajadores al Cadillal y cuando volvieron no había máquinas. La cabeza de todo el daño que sufrió la Provincia de Tucumán en el 66 la tuvo Ledesma, manejado por un lado por Arrieta y por otro lado por Pedro Blaquier, y se quedaron con una fortuna que hasta ahora siguen teniendo” comentó Hugo Santillan, hermano del histórico dirigente Atilio Santillan.

No solo murió el ingenio, sino lógicamente todo aquello que dependencia de él como el Club Social, donde los obreros pasaban su tiempo libre “Se vino abajo, claro no había quien vaya. Ahí hacían los bailes, los carnavales”. A diferencia de lo que ocurrió en otros pueblos vecino, no hubo una defensa activa de la fábrica y el batacazo final vendría años después luego de que la última dictadura cívico-militar lo demoliera para intentar encubrir los actos de lesa humanidad allí cometidos cuando funcionó como Centro Clandestino de Detención, tras el cierre de la tristemente reconocida “Escuelita de Famailla”.
Los últimos rastros del ingenio aún se conservan en algunos cimientos y estructuras luego de que la última chimenea fuera demolida por los habitantes de la casa que allí se levantó. Los antiguos vestigios del mundo que fue, conviven ahora con nuevas construcciones y ocultan una historia de zafra, esperanza y dolor.

