Archivo Fronterita: historia y memoria
Esfuerzo compartido: La familia como la verdadera unidad de producción en la zafra

En el surco de Fronterita, el trabajo era un asunto familiar. Aunque solo figurara un titular en la planilla del Ingenio, mujeres y niños participaban activamente para alcanzar la cuota de maletas necesaria.
El sistema de pago “por tanto” obligaba a las familias a sumar todos los brazos posibles para garantizar un ingreso digno. Era habitual que las mujeres trabajaran a la par de los hombres en la pelada y el apilado, aunque sus salarios fueran cobrados por el jefe de familia, invisibilizando su aporte fundamental a la economía azucarera.

Los niños de las colonias crecían con el machete en la mano. A partir de los ocho o nueve años, tras salir de la escuela, se dirigían al cañaveral para llevar el almuerzo a sus padres. En lugar de regresar a jugar, se quedaban apilando maloja o cargando los carros, aprendiendo el oficio del surco antes de haber terminado la primaria.
El frío del invierno tucumano endurecía la tarea, obligando a las familias a levantarse a las dos o tres de la mañana para iniciar la jornada. Sin luz eléctrica y alumbrados solo por mecheros, la familia entera enfrentaba las heladas en el surco, sabiendo que cada maleta cargada representaba el pan del día siguiente.
Este esquema de trabajo familiar permitía al Ingenio ahorrar costos laborales significativos, al aprovechar la mano de obra infantil y femenina no registrada. Para los habitantes de Fronterita, sin embargo, no era una opción, sino una estrategia de supervivencia impuesta por las duras condiciones de la agroindustria de la época.

