Archivo Fronterita: historia y memoria
Macheta y surco: El sacrificado arte del trabajo manual en las cañas de Fronterita

Antes de la mecanización total, el cultivo de la caña en Fronterita dependía exclusivamente de la destreza física. Desde el desboquille hasta el desaporque, cada tarea manual exigía un conocimiento profundo del suelo.
El ciclo productivo en el pedemonte comenzaba con una preparación del suelo que, aunque contaba con ayuda de tractores para el surcado, requería de manos expertas para la siembra. Se colocaban habitualmente tres cañas por surco en hileras de 100 metros, una tarea de precisión que sentaba las bases de la futura cosecha.

Una vez que la caña brotaba, comenzaba el “desboquille”, que consistía en limpiar el brote para asegurar su crecimiento. En el segundo año, la tarea pasaba a ser el “desaporque” de la caña soca, donde se quitaba la tierra de la cepa con una azada para dejarla “al aire”, una labor agotadora que se realizaba retrocediendo surco por surco.
Las herramientas eran extensiones del brazo del obrero. El machete se utilizaba principalmente para “voltear” la caña, mientras que el cuchillo, más angosto pero igual de filoso, era la herramienta predilecta para pelarla. Los trabajadores debían ser extremadamente precisos para no cortarse los dedos, algo que las cicatrices de muchos antiguos pobladores aún atestiguan.
El control de calidad estaba a cargo del capataz, quien vigilaba desde su caballo que el “despunte” o “loro” (la parte verde de la caña) fuera cortado correctamente. Si se mezclaba lo verde con lo dulce, el rendimiento bajaba, y el capataz no dudaba en reclamar al obrero, quien debía redoblar el esfuerzo para no ver afectado su pago.


